Otago Peninsula, The Katlins, Kepler Track

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Siguiendo la carretera hacia el sur por la costa este nos encontramos una sorpresa por el camino. El paso de los años y el mar han formado en la playa algo que parece hecho por el ser humano, y más aún si le preguntas a Julen, jaja! Unas piedras esféricas perfectas, realmente curiosas. Con marea baja se aprecian mejor y he de reconocer que parece que alguien las hubiese puesto allá. Bien merecen echar un vistazo.

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Continuamos el viaje y paramos antes de Dunedin en un sitio muy tranquilo a pasar la noche, donde conoceríamos a una pareja de franceses que se habían conocido hacia poco y viajaban juntos en furgoneta (a la semana no se podrían ni ver). Cenamos juntos, pero poco más.

Al día siguiente, tras un gran esfuerzo para mi, nos levantamos para ver el amanecer ya que estábamos al lado de la playa, con el mar al este, y era una buena oportunidad. Nuestro gozo en un pozo. La mañana salió nublada y fue un amanecer de lo más normalito.

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Aún así teníamos todo el día por delante y aprovechamos para ser los primeros en acercarnos a la península de Otago en busca de los leones marinos, focas y pingüinos que, según decían, te podías encontrar viviendo en libertad en la playa. Como quien ve cangrejos en Donosti.

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Llegamos temprano y andando de camino a la playa, mientras nos preguntábamos si tendríamos suerte, nos encontramos el camino bloqueado por un león marino. Joder, que hacemos. Nos acercamos un poco y el bicho empieza a “correr” hacia nosotros. Conforme se acerca, vamos retrocediendo. Parece majo y todo. De vez en cuando se tira al suelo y se tira arena encima. Que gracioso ¿Querrá jugar? Decidimos bordearlo y en la playa encontramos un cartel que nos saca de dudas: si te acercas demasiado carga contra ti. Con lo majico que parecía, jaja! Dimos una vuelta por la zona, y fueron muchos los que acabamos viendo. Más de treinta en total. Puedes acercarte sin llegar a invadir su sitio y teniendo precaución no tiene por que pasar nada. En tierra son muy lentos y puedes alejarte sin problemas. En el mar, eso ya es otra historia. Vimos alguno pescando y jugueteando con las olas y su agilidad ahí no deja dudas.

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Estuvimos solos casi todo el rato y resultó toda una gozada poder estar con ellos, intentando no molestar. Aunque hay que andar al loro porque si te ven antes que tu a ellos te pueden meter un susto que no veas, como ya nos pasó otra vez. Imaginaros un león marino rugiéndoos a la altura de la cabeza sobre una piedra. Vaya sprint nos pegamos.

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Los pingüinos son más difíciles de ver. Tan solo vimos uno escondido en una roca y un par subiendo ladera arriba, en busca de refugio. Suelen salir a media tarde pero no tuvimos mucha suerte. Bonita experiencia de todas formas.

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Saciada la curiosidad y tras pasar la noche en el mismo sitio, nos dirigimos hacia los Katlins, la zona más al sur de nueva Zelanda. Allá vimos la Catedral Cave (una cueva en la playa que hay que ver con marea baja y que nos pareció un truño), el Stone Forest (un bosque al lado del mar que ha quedado petrificado y donde se aprecian perfectamente los troncos convertidos en piedra. De lo más curioso que he visto), el punto más al sur de la isla sur y poco más. Una de las cosas que más nos gusto es la noche ya que al apenas haber focos de luz en la zona el cielo es todo un espectáculo.

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Tras pasar tres días por allá y luchar por no quedarnos sin gasolina (vaya apurada porque apenas ahí gasolineras en esa zona), nos dirigimos hacía Te Anau, de camino al Kepler Track. Por el camino Julen había fichado una cueva con gusanos de luz en la que no había que pagar (Waiau Cave) y fuimos a echar un vistazo. Allá nos encontramos con un alemán que nos acompañó, y fue toda una experiencia. A la mitad de camino llegamos a una poza imposible de franquear sin mojarse, y en vez de dar la vuelta como los demás, decidimos quedarnos en gallumbos y seguir adelante. En la parte final encontramos un montón de gusanos de luz y acabamos saliendo por el otro lado de la cueva, apareciendo al lado de la carretera los tres en ropa interior. Vaya foto teníamos. Si llega a pasar algún coche habrían flipado bastante. Vuelta a la cueva y hasta el principio. Lo más curioso fue que a la vuelta vimos gusanos de luz por toda la cueva, cosa que no habíamos visto al entrar. Una maravilla y una visita muy recomendable.

Y por fin llegamos a Te Anau, donde planificar el Kepler Track. Queríamos haber hecho el cercano Milford Track (calificado como uno de los mejores trekkings del mundo), pero tarde nos enteramos que hay que reservar los albergues con medio año de antelación. El Kepler Track inicialmente lo prepararon para quitar volumen al Milford, pero a día de hoy es casi tan popular como este. Son cuatro días de trekking pero al intentar reservar los albergues nos encontramos que tan solo el de a mitad de camino estaba disponible. Así las cosas, decidimos pegarnos una palicilla de 63kms en dos días para completar el trekking.

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Resumiré la travesía ya que Julen hace más hincapié en su blog (www.thewalkingkong.wordpress.com) sobre las historietas que nos van ocurriendo. Diré que fue una señora paliza. El primer día, el más duro, el día comenzó lloviendo y en la parte más alta nos pilló una tormenta de nieve y viento que nos zarandeaba de lado a lado. Con calcetines en las manos acabamos para a duras penas huir del frío. Con decir que fuimos los últimos en pasar ya que el día siguiente cerraron esa parte del trekking creo que es suficiente. Todo un reto del que salimos airosos. Es imprescindible ir bien equipado al monte por aquí y esto al menos lo llevamos a raja tabla. Más vale.

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Fiordo y primer refugio donde pasamos de largo

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El segundo día nos levantamos con bastante nieve pero el camino era prácticamente llano, siguiendo el cauce del río. Se nos acabó haciendo muy largo, aunque sin ninguna dificultad. Además, con la nieve todo estaba precioso.

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La verdad es que acabamos con ganas de no andar más por un tiempo, pero fue un trekking precioso en el que disfrutamos un montón. Uno de los mejores recuerdos que nos llevamos de este país. Muy recomendable y con paisajes muy variados.

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Tras la paliza descansamos un par de días en un camping, repusimos fuerzas entre otras cosas con un delicioso pollo al horno que nos costará olvidar y partimos otra vez, esta vez hacía Milford Sound

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