Bali

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Llegábamos a la isla de Bali con la ilusión de sumergirnos en otra tierra, otra cultura, y el comienzo fue un chasco. No tardamos en darnos cuenta de que es un destino turístico muy conocido, especialmente para los australianos. Teníamos un mes de visado que tramitamos a la llegada en el mismo aeropuerto, pero como íbamos a estar unos días más, teníamos que extenderlo. Y lo peor de esto fue que los tramites duran una semana en la que tienes que pasarte por la oficina tres veces, a no ser que lo hagas por medio de una agencia.

Esto nos dejaba una semana en Kuta y alrededores, siendo esta la zona más turística de todas. Lo normal es llegar a Kuta, estar un día o dos para salir de fiesta y marcharte hacía el norte, pero nosotros no teníamos mucho margen con el tema del visado. De lo poco que disfrutamos allá fue la playa, con sus enormes olas que rompen por completo al mismo tiempo, siendo muy sencillo aprovechar la fuerte espumilla para gozar con los primeros pasos haciendo surf.

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Con los dos días de margen que nos dejaban las visitas a la oficina de inmigración, nos las apañamos para intentar salir de Kuta.

Los dos primeros días alquilamos una moto, nos sumergimos en el caótico tráfico de Bali, y visitamos algunos de los templos de alrededor. El primero fue Pura Tanah Lot, situado en lo alto de unas rocas en la costa. El sitio es bonito, pero ni puedes subir al templo, ni puedes sacar una foto en la que la zona no este abarrotada de turistas.

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Fue algo decepcionante y lo mejor de la visita ocurrió de camino. Según tenia entendido es muy común que paren a los turistas que van en moto para multarles por cualquier cosa y ganarse un buen pellizco. Y lo peor que puedes hacer, es pararte. Así las cosas, a los 15 minutos de ir con Julen en la misma moto, un agente me indica que me pare, que tengo las luces apagadas. Miro alrededor y veo gente sin casco, sin luces, conduciendo alocadamente… y pienso: si señor agente si, ahora me detengo para que me cruja usted. Me hice el loco, frené un poco, y cuando vi el hueco aceleré y giré a la izquierda por donde estaba el templo. Con el tráfico que hay y lo que les cuesta moverse es imposible que te sigan, y la mayoría de los locales hacen lo mismo. La cosa salió bien, más vale.

Al día siguiente fuimos hacía el sur, una zona algo más tranquila. Visitamos primero Pura Luhur Ulu Watu, un templo situado en la cima de un acantilado. El templo no es gran cosa pero el enclave es precioso. Incluso vimos tortugas nadando desde las alturas del templo.

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Siguiendo por el sur fuimos a unas playas muy chulas donde la gente suele ir a surfear, pero las olas eran demasiado para nuestra justita experiencia. Había un campeonato de surf, para que os hagáis a la idea.

La siguiente escapa fue a la cercana isla de Nusa Lembongan. Un sitio muy tranquilo donde desconectar del ritmo de Bali. Pasamos un par de noches sin apenas hacer nada. Paseitos, amago de “Full moon party”, un pequeño tour para hacer snorkel y ver mantas rayas (no tuvimos suerte), y poco más.

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Y por último, una visita a la zona de Ubud. Esta vez fui yo solo y por el camino conocí a una pareja de Uruguayos muy simpáticos con los que pasé los siguientes días. Ubud, famoso por la película “come, reza, ama” de Julia Roberts, también se ha convertido en un centro turístico y está algo abarrotado. Tiene alguna zona interesante como el “Monkey Forest” (solo si te gustan los monos), el mercado y algún templo, pero lo mejor es alquilar una moto y visitar los templos del norte.

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Alquilamos un par de motos, y en los dos días visitamos la mayoría de los sitios a priori más interesantes de la zona. También probamos una degustación de te y café (famoso en la zona por el café Kopi Luwak) y nos explicaron el proceso tradicional de su elaboración. La comida en la zona también me pareció muy buena. Merece la pena buscar un buen restaurante local y probar la cocina balinesa.

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Fueron un par de días en los que disfruté muchísimo de la nueva compañía (un auténtico placer haberos conocido, Mauro y Romina), e incluso pudimos ver la final de la Copa de Europa con una pareja de catalanes.

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Otra vez de vuelta a Kuta me volvía a juntar con Julen, cogimos los pasaporte por fin, y nos preparamos para volar a Jakarta al día siguiente. Parecía que no iba a llegar nunca pero el curso de meditación de Vipassana de diez días estaba al caer…

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