Koyasan, Nagoya, Fuji

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Llegar hasta Koyasan cuesta un poco pero merece la pena. Salí desde Nara con tiempo para no llegar tarde, y tras cambiar tres veces de tren y coger un teleférico, llegué justo para coger el último autobús del día que haría en último tramo hasta mi hostel cápsula. Siendo el centro del budismo shingon lo más normal en esta zona es dormir en alguno de los muchos monasterios que hay, pero algo más de 100 dólares por noche me parecía excesivo.

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Lejos de visitar la infinidad de templos que hay alrededor, mi curiosidad se centraba en recorrer en viejo cementerio de Okunoin y no defraudó. Es un sitio repleto de cedros enormes e infinidad de tumbas, toris, figuritas de niños con ropa, algún mausoleo … todo repleto de musgo y vegetación. El ambiente digamos que te transporta a la vieja Japón y la sensación al recorrerlo es difícil de explicar.

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Me acerqué dos veces: primero a la noche nada más llegar, y después a la mañana siguiente, sobre las 6:30, para escuchar los cánticos de los monjes en el templo situado más al norte y caminar sin peligro de perderme. Merece la pena entrar a los templos ya que alguno esconde sorpresas en su interior.

Tuve tiempo también para hacer un pequeño trekking (en una zona con letreros avisando sobre avistamientos de osos y armado hasta los dientes con un palo que me río yo, acompañado por la música del móvil para hacerme oír), y visitar la zona central donde se encuentran los templos más bonitos e importantes.

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Por lo general me pareció una de las zonas más diferentes de Japón y me quedé con pena de no haber decidido pasar un día más y explorar todo tranquilamente. Ahora bien, no creo que merezca la pena pagar para entrar en todos los templos y conviene informarse y elegir.

Pensando en mi siguiente destino mi cabeza no podía quitarse de encima la imagen de la ladera del monte Fuji, el cual intentaría ascender en un par de días. Al estar algo lejos decidí parar a mitad de camino, pasar una noche en Nagoya y echar un vistazo.

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Tras descansar en el hostel del largo viaje a la mañana siguiente di una vuelta antes de volver a coger otro tren hacia Fujinomiya, a los pies del volcán. Salí camino hacia el castillo, y aunque la visita fue corta, el edificio es una maravilla.

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Tuvo que ser reconstruido como muchos de los demás castillos y templos de Japón (principalmente a causa de incendios en las guerras), pero sigue siendo impresionante. Dan ganas de haber conocido todo aquello en la época de su gran esplendor.

Gracias al intercambio de información entre viajeros me había enterado de que en Nagoya se celebraba un torneo de sumo. El problema era que no tenía ni idea de donde estaba el gimnasio y fue una grata sorpresa descubrirlo al lado del castillo. Pese a no tener tiempo para ver los combates pude ver algún que otro luchador merodeando por la zona, y con eso me quedé al menos.

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Nada más terminar de comer (algo de ramen seguramente) me puse en marcha otra vez. A media tarde llegué a mi hostel en Fujinomiya, con el tiempo justo para descargar, preparar una pequeña mochila, comprar comida para la ascensión y comprar el ticket de autobús para acercarme hasta la quinta estación del Fuji esa misma tarde, a algo más de 2000 metros. La idea era ver el amanecer desde la cima. Hay varias rutas diferentes, las más comunes partiendo sobre esta altura, y tuve buen ojo decidiendo una de las menos concurridas (la gente que va desde Tokyo sube por el este y yo subiría por el oeste). Con lo que no contaba era con haber echo la reserva del hostel para 2016. La cara que se me quedó. Pero, lejos de ser un problema, el dueño se puso en contacto con la página de reservas y solucionaron todo mientras me mandaba al supermercado a comprar lo que necesitaba. Vaya librada. Da gusto que te traten así.

Ya preparado y en el autobús que te acerca a la quinta estación, conocí a una pareja de holandeses que me cruzaría por el camino una y otra vez. Una pareja muy simpática pero a la que la altura le pasaría factura. Dicen en Japón que todos tienen que subir el monte Fuji (Fujisan en realidad) una vez en la vida, pero que el que lo sube dos veces es tonto. No es una subida muy larga pero la pendiente y la cantidad de metros acumulados en un solo día de ascenso (mide 3776m) hacen que la fatiga y algún síntoma de mal de altura aparezcan irremediablemente. Yo acabé haciendo toda la subida en compañía de David, un español muy majete, y ambos tuvimos nuestros momentos de flaqueza pese a subir sin mayores problemas. Llegamos a la cima sentándonos para esperar al amanecer, y el buen tiempo nos dejó ver incluso Tokyo y la isla norte desde las alturas. Una imagen vale más que mil palabras.

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Dimos la vuelta al cráter, hicimos las fotos de rigor, mandamos alguna foto por whatsapp usando el Wifi (si señores, wifi gratis en la cima del Fuji), visitamos la oficina de correos (solo faltaba un super), y bajamos a toda leche llegando al autobús cansadísimos y sin haber dormido en más de 30 horas. Era el momento para un merecido descanso.

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