Colonia, Hamburgo, Copenhague, Oslo y camino al oeste de Noruega

Alemania es grande y aunque por lo general en las autopistas se puede ir tan rápido como uno quiera o pueda, decidí tomármelo con calma y hacer un par de breves paradas en Colonia y Hamburgo para sacar alguna foto. En la primera luce su famosa Catedral y no quería perder la oportunidad de visitarla. Una construcción impresionante que consigue llenar la ciudad de turistas de todo el mundo.

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Hamburgo, sin embargo, me pareció mejor para pasear y perderse. Tiene unos cuantos sitios de interés como la iglesia de San Peter´s, la de San Miguel, la plaza del ayuntamiento … pero simplemente pasear entre sus canales tiene su encanto. Volví a coger la bici y esta vez fue una maravilla pedalear por la ciudad. Más amplia que Luxemburgo y con los lugares más conocidos algo más distantes. Es una pena no haber investigado algo más sobre esta ciudad porque me pareció interesante y estoy seguro de que me perdí muchos de sus secretos.

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Concurso

Siguiendo el camino previsto llegué a Dinamarca al fin, después de responder algunas preguntas y enseñar mi nueva casa a los agentes que realizaban un control bastante serio en la frontera. Viendo como están las cosas ya me lo esperaba pero no tuve ningún problema. Buena cara, respuestas precisas, una sonrisa y adelante. Tras un largo camino ya me encontraba en el punto de inflexión entre la Europa central y los países escandinavos.

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Había estado en otra ocasión en Copenhague así que sabía lo que me esperaba: una ciudad limpia, ordenada, bonita, eficiente, carriles y semáforos para bicicletas y masificación de turistas en la época más acogedora de la ciudad. Por suerte, y como se suele decir, el 80% de las personas están en el 20% de los lugares. Y aquí se cumple a rajatabla. Si escapas de la famosa estatua de la sirena (Little Mermaid), del parque Tivoli o del muelle de Nyhavn uno consigue sentirse como un danés más andando en bicicleta. Dejé el coche a las afueras y un bonito paseo me llevó hasta el centro donde me esperaban las cámaras de fotos, las filas de turistas siguiendo a los guías con sus banderitas y los típicos selfies que sirven para decir “yo estuve aquí”. Cada uno vive el turismo como quiere, está claro.

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Había buscado un lugar en la costa sueca para pasar la noche así que antes del anochecer me puse en marcha otra vez. Pasé el puente que une Copenhague con la ciudad sueca de Malmo, y tras pasar un nuevo control policial (algo menos exhaustivo) pude pasar la noche en la costa. El frío comenzaba a ser más que evidente y un surfero local me lo recordó entre risas ¡Bienvenido a Escandinavia!

 A la tarde siguiente y tras haber conducido un total de unos 3000 km llegué a Oslo. Mi amigo Iñigo y su mujer Daniela me iban a acoger durante unos días en su casa y fue una parada de gran ayuda tras el largo viaje. Nada más llegar me dirigí a la estación de salto de esquí donde nos juntaríamos para la visita con su familia, que también estaba de vacaciones. La estación en verano no me pareció muy espectacular a no ser que te tires de la tirolina que montan desde lo alto, aunque su precio lo hace prohibitivo para muchos de nosotros. Ahora bien, las vistas desde lo alto de la plataforma de salto fueron una bonita introducción a la ciudad y el museo es interesante para quien le guste el esquí.

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Oslo no era para nada lo que yo me esperaba sino mucho mejor. Apenas unos edificios medianamente altos, edificación sin mayores aglomeraciones, y todo rodeado de vegetación y pistas para gozar de ella. Apenas seis millones de personas viven en este enorme país por lo que es fácil perderse y estar a tu aire. La acampada, además, es libre en toda zona que no sea privada y como vería más adelante, las innumerables y cuidadas estaciones de servicio resultan un lujo para los que viajamos en furgoneta o caravana, que no somos pocos.

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Pasé tres noches, la ciudad me gustó y conocí lugares dignos de visitar. El ayuntamiento, para empezar, es un museo en sí mismo. Las paredes están llenas de frescos que muestran la historia del país y de obras de arte y por si fuera poco, en el hall de entrada es donde se entrega el Premio Novel de la Paz.

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El Palacio Real, el moderno Edifico Nacional de la Opera y el Ballet, el Museo Vikingo, el National Gallery o el de Munch (donde se encuentra el famoso cuadro del autor “El grito”), el aquí querido cartel del chocolate local Freia y los parques de Ekeberg o Vigeland (los cuales están llenos de curiosas estatuas) suelen completar la visita.

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Muy agradecido y contento de haber vuelvo a ver a Iñigo y conocer a Daniela me dirigí hacia el oeste, hacia la zona de los fiordos. Noruega era el primer país que quería visitar a fondo, así que a partir de ahora me movería con más calma. Ya por el camino tenia marcados un par de paradas otra vez. La primera, la iglesia de Heddal. Una iglesia medieval cristiana de madera, construida en la primera mitad del siglo XIII. Hay muchas de ellas por el país y bien merecen una parada, en unas pocas al menos. No se trata solo de la iglesia, sino del entorno. Se encuentran en la mitad de pequeños cementerios cuidados al detalle, con pequeñas tumbas adornadas con flores rojas resplandecientes de vida. Esto en verano, claro está. Suelen estar en lugares algo apartados con lo que el ambiente tranquilo completa la sensación de paz.

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Otra vez vuelta a la carretera, y esta vez me dirigí al monte Gaustatoppen. Una excursión bastante común en verano para la gente local, a juzgar por la cantidad de coches que me encontré al llegar. No lo tenía claro pero tras consultar el tiempo agarré la tienda de campaña, la mochila, la cámara, algo de comida y me puse rumbo a la cima con la intención de pasar la noche allá y gozar de las vistas. El día aguantó, pero la noche fue fría, como cabía esperar. Estaba bien equipado así que sin mayores dificultades recorrí los últimos metros hasta la cima al día siguiente y disfruté de las vistas en solitario. No me gusta estar rodeado de gente en el monte. Siento que pierdo la conexión con el lugar y es una sensación de la que intento huir en la medida de lo posible.

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Como dato curioso, me encontré con cuatro Sherpas directos desde Namche Bazar cerca de la cima. No de turismo, sino construyendo escaleras con piedras al estilo nepalí. No tardaría en darme cuenta de que los caminos de los destinos de montaña más importantes en Noruega son made in Nepal. Está claro que tienen dinero y buen gusto 🙂

 

 

 

 

 

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