Parque Nacional de Abisko en Suecia y norte de Finlandia

Abandoné mi querida Noruega y me puse rumbo a Finlandia. Me daba algo de pena no visitar apenas Suecia pero mi idea era bajar por Finlandia y es imposible hacerlo por ambos países. Aún así, de camino al noroeste de esta aproveché para hacer una parada en el Parque Nacional de Abisko en Suecia. Uno de los lugares predilectos del país para perderse caminando.

Estando cerca de la frontera enseguida me di cuenta de que el otoño había llegado antes que yo. El clima cambia conforme te alejas de la costa de Noruega y el frío gana presencia. El paisaje rebosaba de colores anaranjados y rojizos y no podía dejar de mirar aquí y allá mientras conducía. Una paradita aquí para sacar una foto, mira, un arcoíris allá, una pequeña cascadita en el otro lado…

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Llegué al Parque Nacional por su lado norte y sin tener mucha idea de las rutas de entrada y demás, fui a parar con un centro de senderistas al lado de la carretera. La Ruska, como le llaman aquí al cambio de colores propio del otoño consigue concentrar a muchísima gente en esta zona, por lo que me resultó fácil recopilar algo de información y planificar dos pequeñas excursiones. Además, los senderos están muy bien marcados.

El día de la llegada hice un corto recorrido de algo menos de dos horas, acompañando al río y a los cañones que lo forman. Un recorrido muy bonito en el que sorprende la precisión con la que el agua erosiona las rocas. Unos cortes perfectos que consiguen guiar al río con giros de 90 grados.

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El segundo, me aventuré un poco más hacia adentro. El camino principal se puede recorrer durante días bajando hacia el sur, pero yo no hice más que una excursión de medio día. Si quitas la parte del sendero, en seguida te das cuenta de la riqueza del suelo en esta zona. Cubierto por una vegetación esponjosa que consigue empaparte los calcetines si intentas molestarlo. Necesariamente hay que caminar por la senda ya que si no el impacto que dejaríamos los senderistas sería devastador.

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Contento con la parada en el parque me dirigí rumbo a Finlandia. Tengo unos amigos en Helsinki y ellos me ayudaron a idear la ruta, cosa que les agradezco. Primera parada, el monte Saana en el noroeste del país. No hay que esperar grandes desniveles en Finlandia (el monte más alto apenas mide 1324 metros), y quizá esta zona sea una de las poquísimas excepciones. Aquí, al menos, puedes ver alguna pequeña montaña.

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Subir al monte Saana (1029m) es una típica excursión en la zona. Apenas asciendes un poco la mayoría de la vegetación desaparece, con lo que construir las escaleras que te llevan hasta la loma principal no debió ser demasiado difícil. Esto lo que consigue es que gente de todas las edades suba por el caminito, y para ser sincero, no era lo que esperaba encontrarme. Se alcanza la cima en algo más de una hora y las vistas, eso sí, son espectaculares. La tierra aquí tiene otro color, tirando al ocre, y parece que estés en otro planeta.

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Tras la corta subida seguí rumbo sur por la que llaman la carretera de las auroras boreales, y de camino a Levi pase noche al lado de un río. El cielo estaba completamente despejado, y aunque el frío ya era más que evidente, la noche me volvió a regalar otra de sus maravillas polares. Nunca me cansaré de verlas. Que maravilla.

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Otra vez en la carretera no tarde en volver a recordar que hay que andar con cuidado por el norte del país. Cientos de renos habitan esta zona y no son de los que miran dos veces antes de cruzar la carretera. Eso si, perseguirlos en silencio por el bosque tiene su cosa para los que no estamos acostumbrados a verlos. En apariencia me parece un animal hermoso, pero he que decir que no destacan por su inteligencia. Una opinión personal, sin ánimo de ofender 🙂

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Levi es una zona propensa para alquilar una bici y recorrer los alrededores, pero me pareció muy turístico y pase de largo. Quizá estuviese un poco vago para sacar mi bici, tengo que reconocerlo. Así, me puse rumbo al norte hacía Siida, donde quería ver el museo de la cultura Sami. Los Sami son el pueblo original del norte y este museo muestra desde toda la información sobre su entorno a sus costumbres, útiles y construcciones. Un museo dividido en varias partes, con una de ellas en el exterior con un pequeño recorrido donde puedes ver sus distintas casas, trampas para cazar, y demás. La visita fue muy interesante y creo que merece la pena. Soy de los que piensan que saber dónde se está es tan importante como la visita misma.

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Otra vez rumbo sur, camino a Luosto. Para entonces el paisaje había vuelto a cambiar, y este venía para quedarse. Casita, lago, pinos. Pinos, lago, casita. La verdad es que es muy bonito pero a mí me resulto monótono con el paso de los días. Estaré más acostumbrado a las montañas, que le vamos a hacer.

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Luosto es un pequeño centro de esquí, el cual también alberga una mina de amatistas. Yo tampoco sabía lo que eran, no te preocupes. Un mineral muy cotizado de color violáceo. Se trata de una variedad del cuarzo, y muchas veces se hallan ambos juntos en el mismo mineral.

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Cuando llegué a la entrada la visita no parecía muy esperanzadora. Digamos que era el más joven con diferencia. Aún así, la mayoría eran finlandeses, con lo que otro hombre y yo tuvimos nuestro guía particular. Un hombretón muy simpático que nos enseñó todo con muchísimo interés, he incluso nos bajó a una pequeña caverna a punto de derrumbarse desde donde extraen parte del mineral, cosa que no se suele hacer con los turistas. Según nos contó se trata de una explotación local y a pequeña escala. No quieren que se convierta en un gran negocio y ni siquiera venden su material a otras empresas. Todo lo que obtienen lo trabajan y venden ellos mismos. Todo el mineral lo sacan del suelo, escarbando un poco más a fondo donde han encontrado algo, y parte de la visita consiste en eso mismo. La experiencia es entretenida y te dejan llevarte uno te ellos, siempre que te quepa en la mano. Los grandes, si tienes suerte de encontrar alguno, se quedan en casa.

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