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Cataratas del Niagara, Boston, Philadelphia, Lancaster, Nueva York

Alquilar un coche en Estados Unidos es barato, la gasolina también, y el transporte publico no ofrece tantas opciones como uno quiere.

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Así, en compañía de mi nuevo amigo y tras un largo viaje llego hasta las Cataratas del Niagara. Llego de noche y aprovecho para acercarme a echar un vistazo. El lado canadiense es el que mejores vistas ofrece, pero lo dejo para el día siguiente. A la noche la iluminación le da un aspecto grandioso, pero al estar en medio de una pequeña ciudad creada para la ocasión esta le da un toque artificial que no me convence.

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La mañana siguiente es cuando vuelvo a convertirme en un turista más y me meto en el barquito que te lleva hasta el corazón de la garganta más grande. La verdad, una experiencia acojonante. Creo que de las atracciones que hay en la zona es la que más merece la pena. Te dan un chubasquero y más vale, porque desde abajo las cataratas se ven impresionantes y literalmente llueve con ganas.

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Poco más veo por los alrededores y me pongo rumbo a Boston. Los kilómetros se acumulan y decido tomarme esta visita con calma. Paseo por la zona más tradicional y me encuentro con un festival italiano con puestos de comida deliciosa. Sigo adelante, y esta vez es una procesión donde llevan un estandarte con una virgen rodeada de billetes. Más adelante un cementerio antiquísimo digno de visitar. Como ciudad, creo que esta es la que me ha resultado más amable para visitar.

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Y como no podía ser de otra manera, aprovecho para ver las universidades de Harvard y CIT. Son tan grandes que cuesta saber por donde empezar.

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Ya es hora de ponerse en marcha otra vez pero falta una última parada para comerme una buena langosta, famoso manjar en la ciudad. Hay varios restaurantes “chic” para ello, pero yo voy a uno que únicamente se dedica a la langosta, sin ningún tipo de lujo. Más barato y a mi gusto.

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Esta vez llego a Philadelphia y paso dos noches. Primero voy a un conocido mercado donde comer estupendamente (Reading Terminal Market), y después toca visitar cuanto se puede: la campana de la libertad, el museo de arte en el cual grabaron las escenas de Rocky subiendo las escaleras y la Eastern State Penitentiary (primera prisión del mundo y donde estuvo Al Capone). Lo malo es que para cuando quiero visitar algún museo me doy cuenta de que es martes y están cerrados. Una pena. Unos paseos completan la visita y salgo carretera a Lancaster.

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Esta es una conocida zona donde los Amish decidieron instalarse, y tengo bastante curiosidad al respecto. Conforme me acerco el paisaje me va gustando cada vez más, lleno de pastos, cosechas, animales … la zona rural que echo de menos. Enseguida veo una carroza tirada por caballos en la carretera, y una pareja de Amish me saluda mientras les saco una foto.

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Parecen muy amables pero no tardo en darme cuenta de que prefieren vivir aislados. Paro en una escuela y un hombre no tarda en salir y decirme que es privada y que no puedo entrar. Aún así, los Amish que tienen puestos de venta al publico me resultan amables e incluso entrañables, por lo hablar de la calidad de sus alimentos.

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Lancaster ha sido una visita muy agradable que me ha permitido acercarme un poco a otro tipo de forma de entender la vida. Ni mejor ni peor. Simplemente una forma diferente.

Tras casi dos semanas de viaje en Estados Unidos toca volver a Washington, dejar el coche, coger el autobús y pasar los últimos dos días en Nueva York antes de volver a casa. Aquí aprovecho para ver un edificio al que le había echado el ojo y principalmente para estar tirado y explorar mejor Central Park. Es sábado y el parque se llena de vida: conciertos, gente bailando con patines, partidos de beisbol, de boleibol … cualquier excusa es buena para venir al corazón de Manhattan.

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Es el 16 de agosto de 2015 y el viaje ha llegado a su fin. La sensación es agridulce y me encuentro extraño, descolocado. Llego pronto al aeropuerto JFK y tengo tiempo para ver como despegan los aviones. Pienso en la cantidad de historias por contar que esconde cada uno de los vuelos y me siento contento de estar viviendo la mía.

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Nueva York, Washington

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Tras un largo viaje con escala en Corea del Sur llego a Nueva York. El próximo avión que coja en dos semanas será el que tras trece meses y medio me devuelva a casa así que hay que aprovechar el tiempo.

Me instalo en la zona de Queens, y desde allá fácilmente se llega a la zona de Manhattan en metro. Es un metro bastante viejo y algo decadente en algunos tramos, pero hace una labor indispensable para que funcione esta enorme ciudad.

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Son cinco días los que paso aquí antes de moverme hacia Washington y los aprovecho tanto como puedo. Desde el principio me doy cuenta que estoy en otro planeta. Vengo de Japón, con su cultura ancestral, y de repente me encuentro en una urbe gigantesca, llena de gente y culturas diferentes, donde cada uno va literalmente a su bola.

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Central Park aldatzekoPS

La ciudad me resulta impresionante, pero al mismo tiempo echo en falta la autenticidad que he descubierto en otros países. Ahora bien, creo que todos los tópicos sobre estados unidos son ciertos: porciones XXL, taxis por doquier, propinas desmesuradas, una mezcla cultural como nunca había visto, el carácter orgulloso de la gente …

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Durante estos días visito Central Park (con mucha vida los fines de semana y un buen sitio para perderse), recorro la calle de Broadway con sus teatros (acabo viendo “Los miserables”, una obra increíble) y en la cual está Central Square, cojo el barco que te acerca a la estatua de la libertad y te ofrece una espléndida panorámica de Manhattan, veo el nuevo World Tride Center y visito el museo del 11S (espectacular aunque sensacionalista como el de Vietnam), voy a Harlem el domingo por la mañana para ver una misa Góspel, cruzo el puente de Brooklyn, me paso por Wall Street, subo al Rockefeller (quizás el mejor mirador de la ciudad) y por lo general me dejo perder por la ciudad. Todo muy bonito pero me siento mucho más turista que en otros países. Prácticamente todo se basa en sacar fotos.

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Central Station aldatzekoPS

 

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Me hace ilusión visitar una ciudad que tantas veces hemos visto en las películas, pero cuando llega la hora de coger el autobús a Washington me subo con ganas. Pasaré un par de noches aquí y después alquilaré un coche (mucho más barato que alquilarlo en Nueva York) para recorrer lo que me queda.

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La mayoría de sitios de interés en esta ciudad se centran en el mismo sitio. Un largo paseo que une el capitolio, el monumento de Washington, el memorial de Lincoln y la Casa Blanca como elementos principales. Aún así hay mucho más para ver: varios memoriales de las guerras, un castillo, infinidad de museos (gratuitos generalmente), bibliotecas, y memoriales de personas ilustres como Martin Luther King. Resulta imposible visitar todo en un día y bien merece la pena hacerlo en dos jornadas más relajadamente. Todo es tan grande que ni siquiera con la cantidad de gente que lo visita surge la sensación de aglomeración. Además, para mi sorpresa, cuando atardece la gente usa estos jardines inmensos para fines recreativos (béisbol generalmente). Siendo una zona tan importante para el país pensaba que no estaría permitido.

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El tercer día ya me dirijo al aeropuerto donde me está esperando mi cochecito. En las paradas del metro veo la que para el en Pentágono y me quedo con ganas de haberlo visto. Aún así, se que hubiese tomado un par de fotos desde fuera y listo, como en la mayoría de sitios que estoy visitando. De todas formas, las Cataratas del Niagara son ahora las que están esperando.