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Takaragawa, Tokyo

Antes de acabar en la incansable capital decido hacer un paréntesis y viajar hasta Takaragawa. Allá me alojo en un Ryokan (alojamiento típicamente japonés donde la vida se hace en el suelo) con un Onsen (terma de agua caliente) y me dejo llevar por la relajación mientras se me va arrugando la piel. La primera vez que entras en un Onsen la situación es bastante curiosa. Tienes que limpiarte primero de arriba a abajo normalmente sentado frente a la ducha, y solamente después puedes meterte al agua. En bolas, claro está. Es la forma de asegurar que los Onsen siempre estén limpios. Suelen estar al aire libre y son perfectos para relajarte antes de meterte a la cama. Apenas paseo por la zona y no hago otra cosa que disfrutar de las instalaciones. Otro agradable Kit-Kat en el camino.

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Dos días después llego a Tokyo. Voy a pasar cuatro días en la ciudad, así que no tengo tiempo que perder. He contactado con mi amigo Kato antes de llegar y le comento que estamos interesados en ir al teatro Kabukiza, donde poder disfrutar de un espectáculo de Kabuki (teatro tradicional). Como buen japonés que es, me da todo lujo de detalles y conseguimos entradas de última hora y a buen precio. Entramos en el teatro con nuestra pantallita para los subtítulos y disfrutamos de la obra como un japonés más. Una mezcla entre comedia y drama que cuenta la historia de una pareja y varios espíritus que se interponen en su camino. Una representación muy bonita y curiosa.

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Al terminar, Kato nos lleva a la zona de Harajuku donde hay impresionantes edificios modernos de varias marcas de ropa, y cenamos juntos. Empieza a hacerse tarde y decidimos hacer una de las mayores turistadas: nos vamos a tomar unas cervezas con la idea de ir a hacer cola al mercado de Tsukiji sin dormir, donde venden los enormes atunes de par de mañana. Poco antes de las tres de la mañana compramos bien de café y algo de comida para aguantar las dos horas y media que quedan para empezar la visita y cogemos un taxi. La visita es gratuita pero las plazas son limitadas, con lo que la gente va con tiempo. Aún así nos quedamos perplejos al llegar y ver unas 30 personas haciendo cola. Esperábamos ser los primeros y por poco nos quedamos sin el primer turno (son dos). La espera se hace larguísima y cuando llega el momento enseguida vemos que no ha merecido la pena. Nos llevan como ovejitas hasta la parte donde están los atunes y los comerciantes.

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Vemos como los posibles compradores los examinan uno a uno, a un tipo haciendo una especie de subasta a lo lejos … y poco más. Tras veinte minutos de visita estamos fuera otra vez, muertos de sueño, pero no podemos completar la turistada sin probar el sushi en alguno de los restaurantes que hay alrededor. El que recomienda la guía está impracticable, con una cola de gente como para unas horas, y nos vamos a otro que acaba de abrir. El sushi esta bueno aunque no tanto como lo esperado, y de par de mañana cuesta engullirlo. En fin. Vuelta a descansar y a otra cosa mariposa.

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Esa misma tarde aprovechamos el tiempo cuanto podemos: quedamos con Kato otra vez y nos enseña una zona de templos en Sensō-ji desde donde acabamos volviendo en un tranquilo barquito que ofrece buenas vistas.

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Desde donde nos bajamos del barco damos un paseo hacia la Torre de Tokyo (con un inconfundible aire a la Torre Eiffel), y cogemos el metro para volver a dormir.

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El tercer día vamos a la zona de Akihabara para ver alguna tienda de manga y cosas de este estilo. Una zona muy curiosa que no hay que dejar de visitar. Especialmente la tienda Mandarake Complex, la cual esconde reliquias que te hacen retroceder 25 años. Andar por la zona ya es toda una experiencia en la que no tardas en juntarte con alguien vestido tipo manga repartiendo panfletos.

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Para acabar el día, la movida zona de Shibuya y su concurrido paso peatonal. Todo un espectáculo.

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Llega el último día y toca separase de Julen definitivamente. Él sigue su camino hacia China mientras que yo voy a Nueva York. Que quieres que te diga Julian, digoooo Julen. Plazer bat izan dela badakizu eta baditugu esperientzia pila inoiz ahaztuko ez ditugunak. Nork daki inoiz horrelako zerbait egingo dugun berriz 🙂 Zorte on ondorengoan!

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Aún tengo unas horas a la mañana y me voy al parque de Yoyogi, aunque al no ser fin de semana apenas veo gente vestida en honor a su personaje manga favorito. Aún así es un buen lugar para despedirse de la ciudad en calma. さようなら Japón!

 

Hiroshima, Nayashima, Nara

Tras visitar Kyoto volvemos a coger el tren bala y nos plantamos en Hiroshima en algo más de tres horas. Nada más llegar al hostel nos juntamos con un viajero de Bilbo y enseguida empezamos a hablar. Un tipo majete que nos acompaña durante los próximos días.

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El principal motivo de esta parada es visitar la zona donde explotó la bomba atómica, ya que la mayoría de los sitios de interés están alrededor. Lo primero que vemos al acercarnos es uno de los pocos edificios que mal que bien aguantaron de pie. Todo un icono para la ciudad.

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Seguimos adelante y nos encontramos con una estatua que rinde homenaje a la niña Sadako Sasaki. Tras la bomba contrajo cáncer y comenzó a hacer mil origamis de papel esperando poder pedir el deseo de curarse, tal como cuenta una leyenda japonesa. La chica falleció antes de poder hacer todos y hoy en día origamis de papel hechos en todas las partes del planeta llegan a las urnas que rodean el monumento.

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Hay más sitios de interés en la zona pero lo más visitado es el museo de la bomba atómica. Allá se narran los acontecimientos de aquel 6 de agosto de 1945 con todo detalle. Es un sitio estremecedor aunque no comparto el punto de vista sensacionalista que muchas veces se le da a este tipo de sitios. La historia en si ya es demasiado impactante como para tener que ver uñas, piel … de la gente que lo sufrió entre otras cosas. Aún así, no deja de ser una visita obligada.

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Poco más vemos en Hiroshima, y decidimos hacer una visita a la cercana isla de Nayashima. Lo más fotografiado aquí es el famoso torii que surge del agua, pero la isla en sí tiene mucho más que ofrecer.

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Los turistas nos sorprendemos con los ciervos salvajes que enseguida se acercan en busca de comida, pero no tardamos mucho en levantar la cabeza y empezar a disfrutar de los templos y santuarios que aquí se esconden. Pasamos todo un día visitándolos y se convierte en uno de mis sitios preferidos en Japón. Es un día lluvioso así que no hay tanta gente y merodeamos tranquilamente pasando de templo en templo, de santuario en santuario. Algunos reconstruidos como la mayoría en Japón, pero también algunos pocos que se han librado de las llamas principalmente. La verdad es que los sitios viejos tienen mucho más que contar y lo notas al visitarlos.

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Volvemos otra vez a Hiroshima y antes de volver a partir nos sorprende una carrera de lanchas cerca del puerto en la que la gente apuesta sin parar. No desperdiciamos la oportunidad y vemos un par de carreras.

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Siguiendo el consejo de nuestro nuevo amigo bilbotarra nos ponemos otra vez rumbo a Nara. Ya hemos estado aquí pero se nos ha pasado algo por alto: un parque de atracciones abandonado. La idea nos ha convencido de inmediato y no queremos perdérnoslo.

Nos instalamos y vamos directos al parque. Saltamos una pequeña valla y ya estamos dentro. Es como estar en una película de zombis. Todas las atracciones están engullidas por la maleza, hay ventanas rotas en todas partes, grafitis en el castillo de la cenicienta, un Cadillac y un camión de bomberos abandonado, … no he visto algo parecido en mi vida.

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Recorremos todo el parque y tan solo nos juntamos con una pareja de chinos, igual de curiosos que nosotros. Ha merecido la pena volver a Nara.

Kyoto

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Llegué a Kyoto un día antes que Julen, así que tras dejar la mochila en el hostel me fui a dar una vuelta. La antigua capital del imperio japonés tiene mucho que ofrecer, pero yo tenía un objetivo claro: ver una Geisha. Muchos son los que visitan esta ciudad sin tener suerte en este aspecto y yo no quería ser uno más.

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Siguiendo mi objetivo fui prácticamente directo al distrito de Gion, la zona principal donde suelen vivir y trabajar. Era un día lluvioso y a parte de preciosas casas tradicionales, poco más vi tras pasear durante un par de horas. Decidí apartarme un poco, abandonar la turística zona cercana al puente principal, y caminar sin rumbo por los alrededores. Y así di con una calle que tenía algo especial: casitas tradicionales con carteles en japonés que no dejaban adivinar la actividad que se llevaba a cabo adentro, lámparas en el suelo dándole cierto aire misterioso, y un par de japoneses parados en un porche con unas cámaras como para ir de safari. Ahí se cocía algo y olía a Geisha. Crucé toda la calle, di la vuelta por la paralela y volví a pasar. Así hasta que la tercera vez me crucé con un pequeño grupo de turistas cuando el guía les explicaba que allá trabajaban y vivían las Geishas, y que sobre las 17:45 empezarían a aparecer pues suelen empezar a trabajar a las 18:00. No dudé en buscar un tejadillo y ser uno más esperando cámara en mano. Todo eran nervios hasta que una puerta se abrió, dejando entrever un paraguas poco convencional. Bingo! Poco a poco varias Geishas fueron apareciendo dejándome perplejo.

Geisha 1

Geisha 3

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Emanaban una mezcla de finura, glamour, tradicionalismo, perfección y misterio que jamás había sentido antes. Tenía claro que volvería a aquel lugar durante los próximos días para disfrutar de la experiencia.

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Estando allá, comencé a hablar en inglés con un japonés llamado Kato. Vivía cerca de Tokyo y estaba de vacaciones. Me invitó a apuntarme a cenar al día siguiente en un sitio donde tendría lugar un espectáculo de Maikos (aprendices de Geisha) y nos fuimos a dar una vuelta.

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Vimos la zona este donde se concentran la mayoría de los templos más cercanos, y pude acercarme mucho más a la cultura japonesa con sus historias. Pocas personas más amables y atentas que él me habré encontrado en mi vida. Un gran hombre.

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Incluso fuimos a cenar a uno de los restaurantes tradicionales que hay pegados al río y pudimos ver desde la terraza como tras la ventana del piso de arriba disfrutaban en privado con la compañía de un par de Geishas. También para Kato fue la primera vez en ver algo así. Además la cena fue exquisita, y al más puro estilo tradicional japonés, comiendo por último plato un delicioso cuenco de arroz con anguila.  Toda una experiencia que estando solo jamás me hubiese animado a experimentar.

Pasé cinco noches en Kyoto en las que me instalé en cuatro hosteles diferentes al no haber sitio y haber reservado sin antelación, pero mereció la pena. A partir del segundo día me junté otra vez con Julen y fuimos visitando los lugares de interés de la zona. El monte repleto de Toriis (puertas) rojas, el bosque de bambú, el templo dorado …

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Lo peor fue que la cantidad de turistas locales era excesiva, y conviene ir realmente pronto para poder disfrutar de los sitios sin tener la sensación de seguir a un rebaño de fotógrafos.

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Para guinda del pastel, durante nuestra estancia en la ciudad tuvo lugar su mayor festival. Las calles estaban repletas, muchos japoneses vistiendo sus coloridos quimonos de verano, y todos bajo la lluvia esperando a ver pasar las carrozas que representaban a las distintas zonas de la ciudad. Todo un espectáculo con el que la multitud disfrutamos casi tanto como los mismos protagonistas que a la noche veríamos saciados de sake. Una procesión que no deja indiferente al que lo ve por primera vez.

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Argi dut Kyoto turista guztien ibilaldiaren barnean egon beharko lukeela, gainontzeko japoniarrentzat izan ere honela izaten baita. Bigarren Mundu Gudan estatu batuak bonbardatu ez zuen hira handi bakarra da, eta bere ondasun artistiko eta kulturalak ez du parekorik herrialde honetan. Tradizioak modernitea gainditzen duen hiri bakarra dela esango nuke, eta ez da hau esperimentatzeko aukera galdu behar.

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Koyasan, Nagoya, Fuji

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Llegar hasta Koyasan cuesta un poco pero merece la pena. Salí desde Nara con tiempo para no llegar tarde, y tras cambiar tres veces de tren y coger un teleférico, llegué justo para coger el último autobús del día que haría en último tramo hasta mi hostel cápsula. Siendo el centro del budismo shingon lo más normal en esta zona es dormir en alguno de los muchos monasterios que hay, pero algo más de 100 dólares por noche me parecía excesivo.

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Lejos de visitar la infinidad de templos que hay alrededor, mi curiosidad se centraba en recorrer en viejo cementerio de Okunoin y no defraudó. Es un sitio repleto de cedros enormes e infinidad de tumbas, toris, figuritas de niños con ropa, algún mausoleo … todo repleto de musgo y vegetación. El ambiente digamos que te transporta a la vieja Japón y la sensación al recorrerlo es difícil de explicar.

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Me acerqué dos veces: primero a la noche nada más llegar, y después a la mañana siguiente, sobre las 6:30, para escuchar los cánticos de los monjes en el templo situado más al norte y caminar sin peligro de perderme. Merece la pena entrar a los templos ya que alguno esconde sorpresas en su interior.

Tuve tiempo también para hacer un pequeño trekking (en una zona con letreros avisando sobre avistamientos de osos y armado hasta los dientes con un palo que me río yo, acompañado por la música del móvil para hacerme oír), y visitar la zona central donde se encuentran los templos más bonitos e importantes.

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Por lo general me pareció una de las zonas más diferentes de Japón y me quedé con pena de no haber decidido pasar un día más y explorar todo tranquilamente. Ahora bien, no creo que merezca la pena pagar para entrar en todos los templos y conviene informarse y elegir.

Pensando en mi siguiente destino mi cabeza no podía quitarse de encima la imagen de la ladera del monte Fuji, el cual intentaría ascender en un par de días. Al estar algo lejos decidí parar a mitad de camino, pasar una noche en Nagoya y echar un vistazo.

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Tras descansar en el hostel del largo viaje a la mañana siguiente di una vuelta antes de volver a coger otro tren hacia Fujinomiya, a los pies del volcán. Salí camino hacia el castillo, y aunque la visita fue corta, el edificio es una maravilla.

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Tuvo que ser reconstruido como muchos de los demás castillos y templos de Japón (principalmente a causa de incendios en las guerras), pero sigue siendo impresionante. Dan ganas de haber conocido todo aquello en la época de su gran esplendor.

Gracias al intercambio de información entre viajeros me había enterado de que en Nagoya se celebraba un torneo de sumo. El problema era que no tenía ni idea de donde estaba el gimnasio y fue una grata sorpresa descubrirlo al lado del castillo. Pese a no tener tiempo para ver los combates pude ver algún que otro luchador merodeando por la zona, y con eso me quedé al menos.

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Nada más terminar de comer (algo de ramen seguramente) me puse en marcha otra vez. A media tarde llegué a mi hostel en Fujinomiya, con el tiempo justo para descargar, preparar una pequeña mochila, comprar comida para la ascensión y comprar el ticket de autobús para acercarme hasta la quinta estación del Fuji esa misma tarde, a algo más de 2000 metros. La idea era ver el amanecer desde la cima. Hay varias rutas diferentes, las más comunes partiendo sobre esta altura, y tuve buen ojo decidiendo una de las menos concurridas (la gente que va desde Tokyo sube por el este y yo subiría por el oeste). Con lo que no contaba era con haber echo la reserva del hostel para 2016. La cara que se me quedó. Pero, lejos de ser un problema, el dueño se puso en contacto con la página de reservas y solucionaron todo mientras me mandaba al supermercado a comprar lo que necesitaba. Vaya librada. Da gusto que te traten así.

Ya preparado y en el autobús que te acerca a la quinta estación, conocí a una pareja de holandeses que me cruzaría por el camino una y otra vez. Una pareja muy simpática pero a la que la altura le pasaría factura. Dicen en Japón que todos tienen que subir el monte Fuji (Fujisan en realidad) una vez en la vida, pero que el que lo sube dos veces es tonto. No es una subida muy larga pero la pendiente y la cantidad de metros acumulados en un solo día de ascenso (mide 3776m) hacen que la fatiga y algún síntoma de mal de altura aparezcan irremediablemente. Yo acabé haciendo toda la subida en compañía de David, un español muy majete, y ambos tuvimos nuestros momentos de flaqueza pese a subir sin mayores problemas. Llegamos a la cima sentándonos para esperar al amanecer, y el buen tiempo nos dejó ver incluso Tokyo y la isla norte desde las alturas. Una imagen vale más que mil palabras.

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Dimos la vuelta al cráter, hicimos las fotos de rigor, mandamos alguna foto por whatsapp usando el Wifi (si señores, wifi gratis en la cima del Fuji), visitamos la oficina de correos (solo faltaba un super), y bajamos a toda leche llegando al autobús cansadísimos y sin haber dormido en más de 30 horas. Era el momento para un merecido descanso.

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Osaka, Nara

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Llegué al aeropuerto de Narita, activé el JR Pass (billete para coger tantos trenes como quisiera), y tras cambiar de tren en Tokyo llegué a Osaka. La ciudad me acogió con un silencio entre siniestro y cautivador. La gente apenas levanta la voz para hablar, los coches apenas hacen ruido, y por lo general tratan de evitar todo lo que haga ruido. Gran diferencia viniendo de Indonesia.

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Me alojé en un hostel por unos 35 euros la noche (la media por aquí) y empecé a explorar la ciudad. Primero volví hasta la zona de la estación principal de tren que es la parte más moderna de la ciudad. Merodeé fijándome en la gente para intentar ir entendiendo este nuevo país, que tal y como dicen, parece otro mundo. La gente es extremadamente cordial, tranquila, elegante … y la modernidad se mezcla con su antigua religión que practican la inmensa mayoría. Una mezcla entre Budismo y Sintoísmo, con una gran dosis de superstición y pequeñas pero continuas ofrendas en forma de moneda.

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Atravesé el río hacia en sur, merodeando primero por un parque que hay en la mitad, y llegué a la zona de los neones de luz de Dotonbori. Ya era de noche y las luces deslumbraban por todas partes. Demasiada gente alrededor para mi gusto. Di un corto paseo, saqué alguna foto y volví a descansar al hostel. Ahora bien, antes de dormir comencé a degustar la cocina local cenándome un delicioso Ramen con Udon.

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Uno de los motivos de esta primera parada era el castillo de Osaka, así que la mañana siguiente era un destino obligado antes de coger el tren camino a Nara. Tardé 40 minutos en llegar andando y pese al calor, disfruté viendo como la gente local hace su vida alrededor de los pequeños templos y comercios que me fui encontrando.

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El castillo de Osaka es una fortaleza levantada en medio de una zona amurallada que la protege. Es muy bonito pero no deja de ser una visita turística más, y más o menos ya sabes lo que te vas a encontrar antes de ir. Lo más curioso fue un pabellón colindante donde un montón de chicos y chicas practicaban artes marciales mientras obedecían con increíble respeto y atención las palabras de su maestro.

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En Japón todos los hosteles tienen la hora de entrada rondando las 15:30 así que durante todo este viaje he utilizado la mañana para visitar y la tarde para viajar. Y es una buena forma de aprovechar el tiempo y descansar mejor de las largas caminatas. Así llegue a Nara esa misma tarde y me instalé en un hostel montado dentro de una casa tradicional que me encantó. Llegué cansado así que me dedique a poner al día la mochila y descansar.

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Nara es famoso por sus cervatillos en los parques y la gran estatua de Buda, pero tiene un montón de sitios llamados Patrimonio de la Humanidad, y esta es una lista que me hace sentir cierta discordia interna. Por un lado me parece importantísimo que se luche por la conservación de todos estos sitios, pero por otro lado me irrita la transformación turística que esto acarrea. Así que Nara fue un claro ejemplo de esto. Disfruté un montón fotografiando los innumerables templos, pabellones, pagodas y estatuas que hay alrededor, pero la sensación de estar en un museo lleno de gente duro hasta que me marché.

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Ahora bien, el arte japones posee un gusto y una finura difíciles de igualar a mi parecer. Auténticas maravillas.

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Otra cosa que tenía ganas de ver eran los famosos jardines japoneses así que me aventuré al más recomendado de ellos. Al ser pleno verano no relucía con toda esa gama de colores que muestran las fotos sacadas en primavera u otoño, pero el sitio es muy bonito y me surgió una intensa sensación de tranquilidad y armonía al recorrerlos.

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Cuántas cosas más por descubrir en Japón …